En los últimos años, distintos incidentes marítimos volvieron a poner en el centro del debate un tema que parecía saldado: la necesidad de contar con prácticos altamente calificados para guiar a los buques en aguas costeras y en accesos portuarios complejos. La reiteración de colisiones, maniobras fallidas y emergencias ambientales recuerda que, aun con buques más modernos y sistemas de navegación avanzados, los riesgos están lejos de desaparecer.
Uno de los episodios más comentados ocurrió en 2024 en el Mar de China Meridional, cuando el tanque-cisterna HAFNIA NILE colisionó con el buque anclado CERES I. El fuego fue controlado rápidamente, pero el derrame parcial y la pérdida de carga reactivaron interrogantes acerca de la gestión del riesgo, la coordinación durante las maniobras y la importancia del conocimiento local en zonas de alta densidad marítima. Meses después, en 2025, una colisión en el Mar del Norte entre un buque de carga y un petrolero volvió a encender alertas: el incendio posterior, aunque contenido, puso en riesgo un derrame mayor y obligó a un operativo complejo para evitar daños ambientales.
Estos hechos, tomados en conjunto, muestran que la navegación en zonas costeras y portuarias sigue siendo una actividad de riesgo elevado. La presencia de prácticos no es un formalismo burocrático: es una herramienta concreta para reducir errores, anticipar riesgos y asegurar condiciones de operación estables en entornos complejos.
La historia marítima ofrece pruebas contundentes. En 1970, el encallamiento del petrolero Arrow en la boca del río San Lorenzo, en Canadá, durante una tormenta, generó uno de los derrames más graves de la época y derivó en cambios regulatorios profundos: se reforzó la obligación del practicaje en aguas peligrosas, se mejoraron los estándares de supervisión de la navegación y se consolidó la idea de que la experiencia local es un componente estructural de la seguridad marítima. Del mismo modo, desastres como el Torrey Canyon (1967) o grandes fallas de maniobra en accesos portuarios impulsaron las actuales convenciones internacionales sobre seguridad y protección ambiental.
El servicio de practicaje nació precisamente de estas lecciones: reducir la incertidumbre allí donde confluyen clima, corrientes, restricciones de calado, infraestructura portuaria y márgenes mínimos de maniobra. Los prácticos aportan un conocimiento situado que complementa —y muchas veces corrige— la información instrumental del buque. Su intervención permite prevenir encallamientos, colisiones, daños a terminales e incluso responsabilidades legales para los armadores y autoridades.
Por eso, cuando resurgen rumores sobre la posibilidad de desregular el servicio por “costoso” o “innecesario”, vale recordar que los costos reales están en otra parte: en cada operación interrumpida, en cada derrame evitado, en cada canal garantizado. La seguridad marítima, en Argentina y en el mundo, se sostiene en decisiones preventivas antes que en respuestas tardías.
La evidencia histórica y contemporánea es clara: allí donde se retira al práctico, se expande el riesgo. Y allí donde las normas se robustecen, los impactos ambientales, económicos y comunitarios se reducen. La navegación segura es un equilibrio frágil, sostenido por profesionales cuya experiencia concreta sigue siendo irremplazable.

